Foto: Al fondo, el Old State House en Boston, antigua sede del gobierno colonial de Massachusetts antes de la independencia de Estados Unidos.
Hoy se cumplen 19 años desde que salí de Puerto Rico. Cinco años en Florida, entre Orlando y Miami, y catorce en Boston. Salí de Puerto Rico a los 30 años y hoy tengo 49.
Mi experiencia en Estados Unidos no ha sido una etapa pasajera, sino una vida completa que he construido paso a paso.
Los años en Florida fueron difíciles, pero típicos de cualquier mudanza geográfica fuera del entorno cultural donde uno se crió. Allí comenzó mi proceso, pero no fue donde se consolidó.
Mi afianzamiento ocurrió en Boston. Llegué solo, sin nadie que me recibiera, a lidiar con refugios para personas sin hogar y con servicios sociales, sin la certeza de que todo saldría bien. No tuve una burbuja cultural en español donde refugiarme ante mi vulnerabilidad.
La adaptación a Boston no fue opcional ni gradual, sino casi a la fuerza. Aunque ya traía una base gramatical en inglés desde Puerto Rico, tuve que desarrollar la fluidez necesaria para no quedarme atrás.
La necesidad hizo que me convirtiera en mi propio defensor dentro de un sistema que funciona en inglés y donde la traducción al español es apenas una cortesía, no un mandato. Esa fluidez es la que me ha permitido enfrentar con éxito situaciones que muchos latinos no podrían por la barrera con el idioma.
Por ejemplo, el invierno pasado, durante una ola de frío polar y en medio de una tormenta, mi calefacción dejó de funcionar. De no resolverse, era cuestión de horas para que la temperatura del apartamento bajara lo suficiente para congelar el agua de las tuberías de los rociadores contra incendio en mi techo y reventarlas, dejando mi vivienda inundada e inhabitable en plena tormenta.
Forcé el termostato hasta que reaccionó, pero pasé toda la tormenta en tensión porque sabía que el problema no era temporal. Al día siguiente reporté la situación a mantenimiento con todos los detalles. No fue en español que lo hice. Eso confirmó que mi adaptación inicial a Boston no fue en vano.
Boston es una ciudad diversa en lo racial, pero los blancos mantienen el control de la economía y eso se nota. Muchos latinos obtienen empleos precarios y demandantes que aminoran el choque inicial de adaptación porque no requieren mucho inglés, pero limitan su movilidad social más adelante.
Y la movilidad social no se mide únicamente en términos de ingreso o consumo, sino en la capacidad de desenvolverse con éxito en espacios donde el inglés y las normas de la sociedad dominante marcan las reglas del juego.
La limitación con el inglés también se refleja en lo social. Hay latinos que, incluso en un bar, no pueden sostener una conversación en inglés más allá de lo básico para ordenar un trago. Y terminan agrupándose entre sí, en español, en una esquina separada.
No hay nada problemático con el español, excepto cuando interfiere con la integración a Estados Unidos. Muchos son parte de la economía porque trabajan y pagan impuestos, pero permanecen en una sociedad paralela con menos acceso y movilidad a oportunidades de progreso en la sociedad dominante.
Boston no fue solamente una etapa de transición, sino el lugar donde encontré estabilidad. Sin embargo, mi historia no terminará en Boston. Esto puede ser difícil de entender para muchas personas en algunos países, pero la vida en Estados Unidos no es estática.
La gente en este país no permanece toda la vida en el mismo empleo ni se queda en el mismo lugar. Lo que en otros contextos se interpreta como estabilidad, aquí se percibe como estancamiento.
Mis cincuenta no serán un periodo de conformismo bajo la idea de que ya es tarde para cambiar. Tengo suficiente experiencia de crecimiento, criterio y herramientas para planificar mi próximo capítulo sin improvisación ni crisis.


Deja un comentario