Como puertorriqueño y caribeño, hay varios temas de los que se me hace difícil hablar sin pasiones. Uno de ellos es Cuba. La Perla del Caribe y la Isla del Encanto han estado conectadas desde siempre, aunque no necesariamente desde las mismas realidades.

Esa afinidad también la experimenté en lo personal durante el tiempo que viví en Miami hace más de una década, antes de mudarme a Boston. Los cubanos que conocí me trataron como familia.

He guardado silencio sobre Cuba desde que Donald Trump y Marco Rubio reactivaron la política de presión contra la isla. Y no ha sido por falta de opinión, sino por prudencia. Cuba no es un tema ligero.

Nunca he estado en Cuba ni he conocido de primera mano su situación. En 2022, mientras administraba un grupo LGBT en Facebook, me conecté con alguien desde La Habana que comentaba en una publicación.

Con el tiempo, establecimos una relación virtual que duró tres años. Intercambiábamos mensajes de voz por WhatsApp casi todas las noches. Inevitablemente, me familiaricé con los problemas de la conexión a internet y con muchas de las dificultades del cubano de a pie. Lo ayudé con gusto, aun sin deber moral.

Estoy familiarizado con la farándula, los programas culturales que se ven por televisión abierta desde Estados Unidos y, sobre todo, con esa manera tan cubana de sacar un chiste en medio de los infortunios para que duelan menos. Por eso, no puedo hablar de Cuba con neutralidad porque la situación allí no es ligera.

Son historias de apagones que duran horas o días, falta de transporte, problemas de saneamiento, comida que no aparece, escasez de medicamentos, limitaciones a la libertad de expresión y una vida que se vuelve cada vez más difícil de sostener.

Tampoco puedo ignorar el dolor de la comunidad cubana en Miami ni sus razones legítimas para desconfiar del gobierno en La Habana. Ese dolor merece respeto.

Aun así, el reconocimiento de ese dolor no obliga a aceptar un embargo que, después de más de seis décadas, no ha producido el resultado que prometía. El sistema político cubano nunca cambió y eso es un hecho.

Lo que sí ha logrado el embargo es convertirse en un factor constante que agrava una economía ya frágil. No creó la crisis, pero la complica. Y en medio de ese choque, quien paga el precio es el ciudadano común.

Con demasiada frecuencia, cualquier intento de ayuda, intercambio cultural o contacto con Cuba se interpreta automáticamente como apoyo al gobierno. El debate deja de ser sobre el bienestar del pueblo y se convierte en una prueba de lealtad a un bando extremo.

No obstante, el discurso de línea dura evita reconocer que criticar al gobierno cubano no implica defender el embargo. Y cuestionar el embargo no convierte a nadie en defensor del gobierno cubano. Esa falsa dualidad de todo o nada, blanco o negro, sin ceder, sin matices y por la fuerza es lo que mantiene el estancamiento.

Estados Unidos no es quién para forzar cambios de gobierno en otros países. Ese principio debería ser básico, pero en el caso de Cuba, se ha normalizado una política de presión sostenida que no ha logrado su objetivo político ni tampoco ha resuelto la crisis humana.

Después de más de 60 años, la pregunta no es si la intención fue correcta, sino si la estrategia funciona. Y la respuesta, a estas alturas, es evidente.

Mientras tanto, Cuba sigue en crisis. El pueblo cubano permanece atrapado entre un sistema que no responde y una política externa que no resuelve, no conversa ni negocia.

A la hora de la verdad, el gobierno cubano se endurece ante la amenaza. Y yo soy de los que cree que una apertura al diálogo podría acelerar más el derribamiento del sistema que décadas de presión desde afuera.

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