Foto: Líderes evangélicos oran por Donald Trump. Fuente: Escuela de Divinidad/Universidad de Chicago
Hay un video viral en redes sociales de la pastora Iris N. Torres, líder de una megaiglesia pentecostal en Puerto Rico respaldando las políticas migratorias de Donald Trump y cuestionando el “revuelo” por las redadas migratorias en la isla, además de amenazar con notificar a inmigración sobre personas indocumentadas.
Sus expresiones no solo fueron incendiarias, sino también una declaración desde su posición de privilegio. Como puertorriqueña nacida con ciudadanía estadounidense, Torres nunca ha tenido que enfrentar entrevistas con USCIS, detenciones por parte de ICE ni el temor a la deportación. Habla desde una posición protegida por su pasaporte estadounidense y se enfoca en la legalidad, descartando el sufrimiento humano que implica la migración.
La postura de Torres no es un caso aislado, sino parte de una tendencia teológica conservadora en Estados Unidos que desplaza la ética cristiana de la compasión hacia la obediencia legal. En lugar de priorizar a los vulnerables, muchos líderes cristianos espiritualizan la ley, incluso cuando esas leyes han sido históricamente opresivas.
El sistema legal no es moral ni ético por definición. Por ejemplo, la esclavitud y la segregación fueron legales. La misma lógica aplica a la relación desigual entre Estados Unidos y Puerto Rico. El trato injusto hacia la isla está fundamentado en leyes.
Cuando la ley codifica la opresión, eso no significa que sea correcta. Sin embargo, para muchas personas, la ley se convierte en un ídolo. Y, en este caso, la fe deja de ser un refugio y se convierte en una herramienta de control.
Según el Evangelio de Mateo (2:13–15), Jesús fue un niño refugiado que cruzó una frontera con sus padres para escapar de la orden de muerte de Herodes. Egipto era otro país; no donde nació Jesús. Si muchos cristianos toman ese relato en serio, sería difícil defender una teología que legitime el desprecio hacia los migrantes.
Tras la controversia, la pastora Torres se retractó de sus declaraciones en el programa “Temprano en la Mañana”. Afirmó que los medios habían sacado sus palabras de contexto y que su intención era ayudar a las personas a legalizar su estatus.
Reconoció que había mencionado la posibilidad de notificar a las autoridades, aunque posteriormente aseguró que no lo haría. Insistió en que no puede ser parte de “ningún tipo de ilegalidad”. La retractación no niega sus expresiones; simplemente las suaviza como control de daños.
Durante un curso sobre transformación de conflictos que tomé en la Escuela de Teología de la Universidad de Boston, la profesora afirmó que “el cristianismo es una fuente tanto de paz como de conflicto, de justicia y de opresión, de unidad y de división”. Esa afirmación resume la tensión permanente dentro del cristianismo. La fe puede liberar o puede oprimir; puede estar del lado de los perseguidos o alinearse con los perseguidores.
Mi experiencia en la Universidad de Boston no fue negativa. La institución me otorgó becas por mérito y estipendios por mi liderazgo en un vecindario de bajos ingresos en Boston. Agradezco esos reconocimientos. Sin embargo, el curso me hizo comprender que no podía tolerar la ambivalencia del cristianismo ni su capacidad de acoger y excluir al mismo tiempo. Me fui no por una crisis de fe, sino por claridad intelectual.
Lo preocupante no es solo lo que dijo Torres, sino el lugar desde donde lo dijo. Cuando un púlpito deja de ser un espacio de refugio y se convierte en un altavoz de políticas punitivas, la iglesia deja de ofrecer consuelo y comienza a validar el miedo. Y eso ya no es una falta ética involuntaria; es una decisión.


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