La juventud se caracteriza por seguir mandatos sociales relacionados con el empleo, la familia, la sexualidad, la religión y la política. Es una etapa donde muchas decisiones se toman más por expectativa social que por convicción.
Según los teóricos del desarrollo humano, en la mediana edad —entre los 40 y 59 años— la persona evalúa lo vivido para identificar qué realmente importa. Ya no basta con seguir lo que dicta la sociedad. Lo que pesa en esta etapa es la coherencia entre los valores propios y la vida que se está llevando.
Algunos se aferran más a la religión o la abandonan. Otros se divorcian o se casan. De ahí sale la caricatura del hombre cincuentón que rompe con el matrimonio de su juventud, se compra un convertible y se va con una pareja joven.
También está el síndrome del nido vacío, cuando los hijos se van y dejan al descubierto la solidez —o fragilidad— de una relación. Todo apunta a que llega un punto donde sostener una vida que no encaja deja de ser opción.
Yo llegué a Boston a los 35 años en una mudanza arriesgada que hoy no repetiría. No tengo la misma salud ni la misma energía emocional a los 49. Terminé viviendo en uno de los barrios más envidiables de la ciudad. Aunque mi calle era problemática, el resto del entorno lo compensaba.
Bastaba con salir del edificio para sentir el movimiento de la ciudad a cualquier hora. Fue un sueño cumplido, pero no entendía que ese sueño ya tenía fecha de expiración en proceso.
El costo de vida empezó a expulsar gente. Muchos se fueron a municipios cercanos o a estados más baratos como Florida, Texas, New Hampshire, Rhode Island o Maine. Aun así, Boston mantenía su energía, especialmente en la comunidad LGBT, y una oferta cultural de primer nivel.
Estuve en el Teatro Colonial, Symphony Hall, la Concha Acústica, el Calderwood Pavilion, el Opera House y el Huntington. Y hasta cursé estudios en la Universidad de Boston. Sin embargo, nada de eso resolvió lo esencial.
Una cosa es tener acceso a la cultura y otra muy distinta es sentirse parte del entorno. Boston tiene oferta y prestigio, pero carece de conexión genuina. El clasismo —y también el racismo— no son abiertos; son sutiles y ahí está el problema. No hay rechazo frontal, pero constantemente sientes que ese no es tu lugar. Y esa sutileza repetida de lugar en lugar termina cansando más.
No se trata de complejos, sino de doble moral. Massachusetts se proyecta como progresista, marcha contra el racismo y las redadas migratorias, pero muchos municipios bloquean proyectos de justicia social para no atraer a las mismas minorías que dicen defender.
La pandemia terminó de acelerar el desequilibrio. El trabajo remoto dispersó más a la población, el costo de vida siguió empujando gente fuera de la ciudad y hasta los espacios LGBT comenzaron a desaparecer porque la comunidad dejó de estar concentrada. Boston ya no es la misma ciudad a la que yo llegué. ¿Para qué seguir?
Yo mismo terminé en los suburbios y con eso vino mi aislamiento. Hace poco regresé a la ciudad por una cita médica después de seis meses sin ir. Ahí entendí que Boston dejó de tener razón de ser para mí.
En ese contexto es que surge mi mudanza a Rhode Island. En Providence, su capital, los espacios sociales no están obsesionados con el prestigio y la oferta cultural es decente para ser una ciudad secundaria. Se trata de una ciudad diminuta y caminable con cinco universidades que le dan vida, pero sin el elitismo de Boston.
Además, el costo de vida es aproximadamente 24% más bajo. En mi caso, eso significa poder sostenerme con mis beneficios de incapacidad sin depender de ayudas adicionales para cubrir un costo inflado.
Busco vivir mis cincuenta sin tener que adaptarme a códigos sociales que no me salen naturales. No me interesa sostener aspiraciones que no tienen sentido. No necesito demostrarle nada a nadie. Quiero coherencia entre mi entorno y la persona que soy.
Después de cierta edad, el problema no es lo que uno logró, sino lo que uno sigue sosteniendo sin creérselo.


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